Caminos, cimas,
estepas,
llanuras, montañas,
valles, ríos y mesetas.
Arena, soles,
sueños,
piedras, contraseñas,
lugares, direcciones y correos.
Paralelas, tangentes,
compases,
autoCAD, la imagen digital,
comentarios, redes y canales.
Entre otros,
conjunción de elementos,
en ocasiones yuxtapuestos,
que al releer
los trazos de mi comienzo
provocan un salto a mi vacío interno,
al aventurarme a la novedad
de instantes todavía por explorar,
marcando nuevos latidos en mi vida,
nuevos motivos para una sonrisa.
No existe rosa sin espinas,
ni vida sin vuelos ni aterrizajes
que, cuando forzosos,
llenan mi cuerpo de cicatrices
que iluminan mi iluminado rostro.
Hoy en día,
cuando la verdad supina
la establece el mentiroso,
la utopía sin tregua
es vivida por seres
con alguna pregunta y sin ninguna respuesta.
Cuando las calles se alquitranan
de mazapán y serrín,
sin lugar en su seno
para la memoria y el carmín.
Cuando el domingo ya no es alegre,
al saber que
de lunes a viernes,
los turnos llenan el bolsillo
pero también empobrecen.
Cuando abril va detrás de mayo,
y, sin quitarse el sayo,
los pájaros dorados
alumbran esquinas
por las que no pasa ni el Tato.
Cuando después de cada cena
la preocupación está en la batería,
¡Si no funciona el mando
será una experiencia peor
que quedarse sin tabaco!
Cuando nuestra queja
por el timo de la estampita
llega, como siempre,
una vez consumado el acto,
¡a ver cómo llego a casa
con un cartón de leche,
una lata de atún
y un paquete de pilas para la tele!
Pediré un nuevo adelanto
para sobrevivir en esta jungla de asfalto.
Cuando, entre otras cosas,
los sucesos más interesantes,
son vidas en papel cuché
y catódicas bodas,
mostrando el supuesto manjar
que no acepta mi gaznate.
Cuando todo esto
es lo que a mi alrededor percibo,
me levanto del sillón,
voy directo a la puerta,
te digo, hola, qué tal,
pasa, no te quedes fuera,
charlemos, aunque sea del tiempo,
hablemos por hablar,
porque así romperemos el hielo.
Mañana, dios dirá,
pero hasta que llegue ese momento
te mostraré el resto de mi hogar.
Ahí tienes el cubo para desperdicios,
como todo hijo de vecino.
Por supuesto, la cocina,
que junto a la buhardilla
son estancias para ti conocidas.
Fuera está la galería,
donde sólo encontrarás
mi nueva ropa tendida.
Claro, también tengo
un bonito dormitorio,
con armario, dos mesitas y una cama,
lugar éste muy idóneo
para dejar los abrigos, tus macetas
y tu esponjosa almohada.
Perdona el cambio de tema.
Ayer, cuando estuve
en la entrada a tu domicilio,
jamás pensé en un principio
que sería tan acogedor.
Ahora, que poco a poco me lo muestras,
estoy preparando mis maletas,
ya que una puerta abierta
es siempre mejor
que cerradas vallas
alrededor de colinas y cordilleras.
Retomando el hilo
y para terminar la presentación,
he dejado en último lugar
mi pequeño rincón.
Mi más querida biblioteca,
donde recojo libros y manuscritos,
donde también existen espacios vacíos
para ocuparlos con futuras novelas.
Bueno, ya está,
mis cuatro paredes en esta ciudad,
brillante estructura de tapices y bocetos,
con cuadros impresionistas,
cubistas, y uno de Adolfo el panadero.
Fíjate, por si no te has percatado,
en las preciosas vistas que se divisan
al profundo y vasto mar,
universo de minerales, agua y sal
en el que cada día yo navego.
Ya conoces mis intenciones,
mi corazón y mis temores.
Falta una cosa por decir
aunque tú lo hayas supuesto.
Simplemente serán palabras
que representan mi movimiento:
quédate a dormir,
apoya tu cabeza en mi hombro,
que yo reposaré la mía
sobre tu desnudo torso.
Y los dos juntos,
al ritmo del suave oleaje,
danzaremos sin que nadie nos pare
con el paso de nuestro nuevo mundo.
La Roda